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México: Un Difícil Cruce De Caminos
By Francisco Alba
El Colegio de México
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July 2002
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Updated March 2004
Durante gran parte del año 2001, hubo grandes expectativas que un enfoque de largo plazo, acordado mutuamente por los dos países, pudiera finalmente encontrarse en el manejo del flujo de emigrantes mexicanos hacia los Estados Unidos. Este enfoque incluía el reconocimiento del papel de las fuerzas del mercado de trabajo y de los principales intereses económicos que operan en ambos lados de la frontera, así como una estimación realista de la fuerte presión migratoria que se mantendría por algún tiempo más. En este contexto, los Estados Unidos estuvieron, de alguna manera, dispuestos a darle acomodo al flujo de emigrantes mexicanos. Esta situación cambió drásticamente con los ataques del 11 de septiembre ocurridos en suelo estadounidense.
Después, los intentos bilaterales de abordar el tema de la migración se desvanecieron en el olvido, pero las fuerzas estructurales—económicas, demográficas, y sociales—permanecieron básicamente intactas y el flujo continuó sin cesar. La economía de los Estados Unidos no podía darse el lujo de perder los servicios que los emigrantes proveen. A su vez, las preocupaciones políticas y de seguridad tampoco desanimaron a los mexicanos pobres, desesperados, o ambiciosos, a cruzar la frontera hacia los Estados Unidos, legal y abiertamente o como indocumentados y subrepticiamente.
Además de diversas iniciativas presentadas al congreso de los Estados Unidos durante 2003, y sobre las cuales el congreso aún no se ha pronunciado, la propuesta que el presidente Bush presentó en enero del 2004 fue un avance importante en lo que se estaba convirtiendo en un escenario de tenso estancamiento de las relaciones migratorias. La propuesta del presidente Bush fue espontánea y pragmáticamente recibida por el gobierno mexicano. Esta propuesta fue interpretada como una continuación de los previos posicionamientos que reconocían la necesidad de la economía de los Estados Unidos por el trabajo de los emigrantes y sus contribuciones. Además, el reconocimiento que el sistema migratorio de los Estados Unidos tiene que ser modificado fue interpretado favorablemente como una oportunidad de llegar a posturas más flexibles.
Sin embargo, el cambio fue unilateral y las oportunidades ofrecidas por el masivo programa propuesto de trabajadores temporales no contemplan ningún mecanismo para acceder a algún tipo de residencia en los Estados Unidos. Los críticos califican a la propuesta como un programa de trabajo temporal "sin salida." Más aún, el marco de referencia que contiene la propuesta elude cualquier tipo de relación especial con México, o con cualquier proyecto de integración de América del Norte y hemisférica de amplio espectro. La razón aparente de la propuesta es ayudar al control y seguridad de la frontera de los Estados Unidos así como rastrear a aquellas personas no identificadas e indocumentadas que ya se encuentran dentro del país.
Cambios y continuidad
El tema de la migración en México, lo mas seguro es que evoca imágenes relacionadas con la tan resguardada frontera con los Estados Unidos, la muerte de migrantes y la inmigración no autorizada. Sin embargo, México es un país que encarna varias dimensiones del fenómeno migratorio: la emigración, principalmente a los Estados Unidos, el tránsito más que nada de centroamericanos que buscan llegar a los Estados Unidos, y un incremento nada insignificante en la inmigración procedente de estos mismos países y de otros. No obstante, a pesar de estas otras facetas, México es visto, ante todo, como un país de indocumentados, es decir, de mexicanos que arriesgan la vida al atravesar la frontera con los Estados Unidos, sin autorización y sin documentos que los protejan, si bien también es un país de importante emigración documentada.
El punto de partida es forzosamente la relación migratoria de vieja data entre México y los Estados Unidos. La actual migración entre México y los Estados Unidos se remonta a la Segunda Guerra Mundial (1942), cuando se le pidió a México que contribuyera al esfuerzo bélico estadounidense proporcionando trabajadores agrícolas temporales. El llamado "Programa de braceros", que se mantuvo hasta 1964, ofreció a los Estados Unidos migrantes temporales de corta estancia para contrarrestar la escasez de mano de obra que se registró durante la guerra y en el periodo posterior a la misma. México proporcionó a los Estados Unidos un total aproximado de cuatro millones quinientos mil trabajadores en ese periodo, que en su punto culminante a fines de la década de 1950 vio la migración de más de medio millón de trabajadores al año.
Al igual que muchos programas de trabajadores temporales, el sistema de los braceros dejó un legado permanente, consistente en una emigración continuada y creciente a partir del final del programa. En la década de los años 80, cambiaron las intenciones de muchos de los migrantes, pasando de una mentalidad de residente temporal a una de residente permanente. Aun cuando este cambio de comportamiento comenzó a darse de manera gradual, para la década de los 90 el fenómeno se había transformado en uno de desplazamientos permanentes en vez de desplazamientos reiterativos y temporales.
El final del programa de braceros tuvo otras consecuencias. Luego de haber sido suprimido en 1964, el número de detenciones de ciudadanos mexicanos a lo largo de la frontera entre México y los Estados Unidos comenzó a aumentar, alcanzando un máximo de un millón setecientos mil al año a mediados de los años 80. Luego de un periodo de relativa calma, coincidente con los programas de legalización estadounidenses de fines de esa misma década, el total de detenciones volvió a subir, situándose entre un millón y un millón setecientas mil personas por año hasta el año 2000. (En el total de detenciones, un mismo individuo podría figurar varias veces. No obstante, esta estadística es ampliamente utilizada como representativa del volumen de migrantes.) El número de mexicanos que cambiaron su residencia de México a los Estados Unidos—con o sin autorización—ha registrado también un aumento constante desde la década de los 60, correspondiendo el incremento más pronunciado a las dos últimas décadas, cuando pasó de unos 200.000 al año en los años 80 a 300.000 en los 90.
Factores que impulsan el sistema migratorio de México a Estados Unidos
La motivación para migrar de México a los Estados Unidos es principalmente de carácter económico. Durante muchos años, la diferencia de salario por trabajo igual (para empleos manuales y semicalificados) ha exhibido una relación de alrededor de 10 a 1, a favor de los Estados Unidos. Además, el crecimiento largo y sostenido de la economía estadounidense ha conducido a una fuerte demanda de trabajadores mexicanos, que por lo regular se hallan en los extremos más bajos del mercado laboral: la agricultura estacional, la manufactura de alta rotación laboral y el sector terciario.
Tradicionalmente, los migrantes mexicanos solían venir de las zonas rurales del centro de México y se limitaban mayormente al sector agrícola. Por consiguiente, la mayoría de ellos se dirigía a las zonas agrícolas del sudoeste de Estados Unidos. No obstante, en la actualidad la migración hacia los Estados Unidos tiene su origen prácticamente en todos los rincones del país y se difunde por todo el territorio estadounidense. Los estados del sur de México y otras regiones en donde no era tradicional emigrar, tales como Morelos, Hidalgo, Guerrero y Oaxaca, se están uniendo rápidamente a la categoría de "estados de alta emigración". Además, los migrantes provienen ahora no sólo de zonas rurales sino de ciudades pequeñas, medianas y grandes, y encuentran empleo en los estados centrales, el sudeste y el este de los Estados Unidos; trabajan en construcción, procesamiento de alimentos, servicios misceláneos y agricultura, la cual sigue siendo una de las principales y más seguras fuentes de empleo. Así pues, los factores relacionados con la oferta en México se corresponden con factores de demanda del lado estadounidense.
En las últimas décadas, ni la creación de empleos en México ni la demanda laboral de los Estados Unidos han logrado absorber las cohortes de trabajadores mexicanos, cuyos números son grandes y van aumentando. Las cohortes en edad de trabajar—producto de tasas de crecimiento demográfico que hasta bien entrada la década de los 90 superaron el dos por ciento—se seguirán expandiendo con rapidez hasta la década del 2010, aunque lo harán a un ritmo decreciente. La masiva reestructuración económica por la que ha pasado México en las dos últimas décadas les ha costado el empleo a muchos trabajadores. Ni siquiera el crecimiento del sector de las maquiladoras (fábricas orientadas a la exportación) a lo largo de la frontera, que en 2001 generó un millón trescientos mil empleos, una cifra récord, ha logrado ofrecer suficientes oportunidades de empleo a la creciente fuerza laboral mexicana.
Aun cuando las estimaciones varían, en México los niveles de empleo en el sector informal prácticamente se han duplicado entre 1980 y 2000, pasando del 17 al 34 por ciento de la población urbana ocupada. En 2000, los salarios reales medios de la industria manufacturera acusaron niveles aproximadamente un 20 por ciento más bajos que los de 1980, mientras que el salario mínimo descendió en forma todavía más pronunciada. La pobreza, indicador elocuente de la limitación económica de México, aumentó considerablemente durante este periodo. Se estima que los niveles de pobreza en México hacia el final de los años 90 llegan a ser de entre una cuarta y una tercera parte de la población, calculándose a veces niveles más altos, es decir entre 25 y 40 millones de mexicanos.
Modalidades del sistema migratorio entre México y los Estados Unidos
Las modalidades de migración de México a los Estados Unidos se han fundado en el apoyo de redes familiares, comunitarias y socioeconómicas fuertes que funcionan ahora a ambos lados de la frontera. Como lo señala el "Estudio Binacional sobre Migración entre México y los Estados Unidos" (1997):
"...[l]os amigos y parientes que se han establecido en los Estados Unidos a menudo proporcionan financiamiento, asesoramiento, amparo y trabajo a los migrantes autorizados y no autorizados que acaban de llegar. Los miembros de la familia que se han asentado en los EE.UU. recurren a las políticas de reunificación familiar para reunirse con sus cónyuges e hijos y, con el tiempo, alcanzar la categoría de migrantes legales."
Conforme a las historias de migrantes recopiladas por el Mexican Migration Project de la Universidad de Pensilvania, se estima que, al cumplir los cuarenta años de edad, la mayor parte de los hombres de algunas de las comunidades entrevistadas habían hecho por lo menos un viaje a los Estados Unidos. "Irse al norte en busca de oportunidades" es, por consiguiente, una idea profundamente arraigada en la población mexicana. Además, la posibilidad de enviar remesas de los Estados Unidos a las familias y las comunidades que dejan atrás—para la subsistencia de la familia, mejoras de la vivienda, la agricultura en pequeña escala o la inversión en un negocio—es muy a menudo el primer paso de un largo viaje que culmina frecuentemente con el asentamiento permanente de la persona en los Estados Unidos.
Los patronos estadounidenses siguen contratando trabajadores mexicanos, aunque ahora lo hacen mediante nuevos agentes e intermediarios. Lo que comenzó en los años 40 como un sistema formal, patrocinado por los patronos, se ha transformado en una forma más particular de contratación. Para muchos patronos estadounidenses, las mismas redes de migrantes son la manera más eficaz de contratar trabajadores.
Tipos y características de los migrantes mexicanos a los Estados Unidos
Además de la diversidad regional cada vez mayor de la migración desde México, las corrientes de migración mexicana están cambiando de otras formas. Algunos indicadores sugieren que las características de los migrantes se están tornando tan diversas como las características de la población mexicana en general, en términos del origen, los niveles de educación y las categorías de empleo de los migrantes. Esta novedad se ajusta a la tendencia reciente que ha hecho que la migración se convierta en un fenómeno a escala nacional. Sin embargo, los migrantes mexicanos todavía tienden a pertenecer a los segmentos socioeconómicos medios o bajos de la estructura social mexicana. La mayor parte de la migración desde México todavía se inscribe en la categoría "migración de trabajadores manuales".
En el "Estudio Binacional sobre Migración" se clasificó a los migrantes mexicanos en tres categorías:
- Residentes temporales o migrantes circulares: migrantes autorizados o no autorizados cuyo lugar de residencia es México;
- Migrantes establecidos o permanentes: migrantes autorizados o no autorizados cuyo lugar de residencia son los Estados Unidos;
- Ciudadanos estadounidenses naturalizados nacidos en México: un subgrupo de los migrantes establecidos o permanentes.
A mediados de la década de los 90, los migrantes circulares eran más bien jóvenes, de unos 30 años de edad, y eran varones en un 73 al 94 por ciento. El promedio de escolaridad era de seis años, y más de la mitad encontraba trabajo en la agricultura. Sus empleos eran principalmente de corta duración y recibían muy escasos ingresos. Para ser más preciso, a comienzos de los 90 los migrantes circulares ganaban entre 185 y 240 dólares estadounidenses a la semana.
En comparación, los migrantes permanentes estaban mucho más equilibrados en cuanto a su género (sólo el 55 por ciento eran varones) y tenían un nivel de escolaridad más elevado (ocho años) que el de los migrantes circulares. Además, habían pasado de los trabajos agrícolas (únicamente el 13 por ciento trabajaba en ese sector) al renglón de los servicios (51 por ciento) y a los de la construcción y la manufactura (37 por ciento). En consecuencia, sus niveles de ingresos eran mucho más altos que los de quienes vivían en México.
Muchos migrantes permanentes comenzaron su viaje a los Estados Unidos en calidad de migrantes circulares, a menudo en circunstancias en que no tenían autorización. Otros ingresaron legalmente. Los migrantes nacidos en México que se volvieron ciudadanos naturalizados de los Estados Unidos tenían un mejor nivel de escolaridad que los mexicanos no naturalizados que eran residentes permanentes legales de los Estados Unidos. Además, un porcentaje ligeramente más pequeño estaba empleado en agricultura (10 por ciento), mientras que un porcentaje ligeramente más alto trabajaba en servicios (54 por ciento). De los migrantes nacidos en México de 25 años o más que se volvieron ciudadanos naturalizados de los Estados Unidos, el 33 por ciento habían terminado la escuela secundaria.
Por último, a pesar de que se le ha prestado poca atención a este fenómeno, está empezando a figurar entre los migrantes un mayor número de profesionales y especialistas calificados. Se calcula que un cuarto de millón de mexicanos con permiso de residencia permanente en los Estados Unidos poseen un título universitario equivalente a una licenciatura como mínimo.
Las cifras son en su mayoría más altas, con ciertas excepciones
Dado el número considerable de inmigrantes indocumentados que ingresan en los Estados Unidos, varían, a veces de manera considerable, los cálculos de los flujos y los acervos de migrantes. En México, la pérdida neta de población en los años 90 se estima en un promedio anual ligeramente superior a las 300.000 personas. Las encuestas fronterizas en México muestran que, durante buena parte de la década de los 90, unos 500.000 trabajadores residentes en ese país migraban temporalmente cada año, pero esas cifras parecen estar disminuyendo. En los cálculos de estos dos flujos migratorios se toman en cuenta tanto los migrantes autorizados como los no autorizados.
Más de un millón seiscientos mil personas fueron detenidas en la frontera entre los Estados Unidos y México en el 2000. Esta cifra se redujó a un millón doscientos mil en 2001 y aparentemente se habrá de situar en menos de un millón de detenciones en el año fiscal 2002, de acuerdo con el Servicio de Inmigración y Naturalización. Entre el 1° de octubre de 2001 y el 30 de abril de 2002, fueron interceptadas unas 526.000 personas, es decir, más o menos la mitad de los detenidos durante el mismo periodo dos años anteriores.
La migración de México ha dado lugar a una considerable población de origen mexicano en los Estados Unidos. En México se calcula que esta población oscila entre ocho millones y ocho millones quinientas mil personas, con unos tres millones o tres millones quinientos mil migrantes no autorizados. La Oficina del Censo de los Estados Unidos estima que más de nueve millones de inmigrantes mexicanos viven en el país. De este número, unos cuatro millones setecientos mil, es decir, más de la mitad, son indocumentados. Al tiempo que aproximadamente un millón seiscientos mil son ciudadanos estadounidenses naturalizados, lo que representa uno de cada cinco mexicanos.
Inmigración, tránsito y asilo
La inmigración a México es escasa en términos comparativos. La población nacida en el extranjero aumentó en un poco más de 150.000 personas entre 1990 y 2000, llegando a alcanzar un total de medio millón de habitantes en el año 2000. Lo anterior representa el 0,5 por ciento de la población de México. Entre las personas de por lo menos cinco años de edad, los nacidos en los Estados Unidos fueron el grupo predominante, representando el 63 por ciento del total, en comparación con el 57 por ciento en 1990. Los centroamericanos contribuían con el 11,2 por ciento del total; los sudamericanos con el 7,3 por ciento, los caribeños con el 2,4 por ciento, y los europeos con el 11,9 por ciento. El 4 por ciento restante provenía del resto del mundo.
Contrasta con estas cifras, el número de "aseguramientos" (extranjeros sujetos a deportación), que aumentó en forma considerable entre 1999, cuando se registraron 131.500 "eventos"—no necesariamente correspondientes a personas distintas—y el año 2000, cuando el total subió a 168.800. Empero, en 2001 la cifra se redujo a 151.400. En promedio, cerca del 90 por ciento de estos eventos termina en deportaciones.
Estos aseguramientos dan un indicio indirecto de las nacionalidades que utilizan el territorio mexicano como nación de tránsito. De las 151.400 detenciones que hubo en 2001, el 44,9 por ciento fueron guatemaltecos, el 26,6 por ciento hondureños y el 23,2 por ciento salvadoreños. El pequeñísimo porcentaje restante estuvo dividido entre ciudadanos de países como los Estados Unidos, Ecuador y Nicaragua.
En coyunturas históricas muy especiales, México abrió sus puertas en forma muy generosa a los refugiados y las personas que buscaban asilo, destacándose en esto los exilados de la guerra civil española en los años 30 y, más recientemente en las décadas de los 80 y los 90, las personas que huían de regímenes políticos represivos en varios países de Centroamérica y Sudamérica. En el 2000, México ratificó la Convención relativa al Estatuto de los Refugiados de 1951 y su Protocolo de 1967. Dos años más tarde, en marzo de 2002, el gobierno mexicano comenzó a adjudicar independientemente sobre casos de solicitud de asilo, substituyendo así las determinaciones de admisibilidad de estas solicitudes por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), utilizadas desde 1982. La mayoría de los refugiados se valen de México como escala camino a otros países, particularmente los Estados Unidos y Canadá.
En 2001, México recibió unas 500 solicitudes de asilo, habiendo otorgado la condición de refugiado aproximadamente a un tercio de estos solicitantes. Más o menos la mitad de tales refugiados proviene de países latinoamericanos (Colombia, Guatemala, El Salvador, Cuba, Honduras); el cincuenta por ciento restante corresponde a países del mundo entero. Alrededor de las dos terceras partes de las solicitudes son presentadas desde centros de detención dentro de México.
La "política de no tener política" y su reemplazo
En febrero de 2001, los presidentes de México, Vicente Fox, y de los Estados Unidos, George W. Bush, entablaron oficialmente negociaciones serias encaminadas a hallar una solución mutuamente aceptable a una cuestión migratoria perdurable que frecuentemente ha sido motivo de desacuerdo entre los dos países. Las negociaciones giraron en torno a la regularización del estatuto de los mexicanos que residen ya en los Estados Unidos, un programa de trabajadores huéspedes las condiciones de aplicación de la ley en la frontera y un aumento en el número de visas para los Estados Unidos a disposición de los mexicanos. Hasta el 11 de septiembre de 2001, cuando se registraron los ataques terroristas contra los Estados Unidos, hubo gran expectativa de llegar a un acuerdo de amplio alcance. A partir de entonces las negociaciones se han estancado, con lo que se corre el riesgo de retornar a las políticas mayormente ineficaces que han aplicado en el pasado México y los Estados Unidos.
En la década de los 60 y a comienzos de los años 70, después de la conclusión del Programa de Braceros en 1964, México intentó negociar con los Estados Unidos un nuevo programa de trabajadores temporales. Ante la falta de voluntad de este país para tratar el tema, y tomando en cuenta que los migrantes mexicanos seguían atravesando la frontera con el fin de encontrar trabajo en los Estados Unidos, el gobierno mexicano se retrajo a una "política de no tener política", es decir, dejó que continuaran los flujos migratorios, sin encauzarlos ni administrarlos.
Al mismo tiempo, Washington se dió cuenta de que la terminación del Programa de Braceros no había puesto un fin a la migración de México a los Estados Unidos; por el contrario, ésta simplemente proseguía de maneras no autorizadas. La Ley de Reforma y Control de la Inmigración de 1986 (Immigration Reform and Control Act, o IRCA, por sus siglas en inglés), fue el primer intento serio por frenar la migración de indocumentados. Una de las consecuencias imprevistas más importantes a largo plazo de las generosas disposiciones de la Ley IRCA sobre regularización fue que contribuyó a transformar la migración mexicana de una corriente predominantemente circular en un sistema de desplazamientos más permanentes.
Comenzando en 1993-1994, los Estados Unidos han promulgado y puesto en práctica políticas cada vez más férreas de control de la inmigración, lo que ha hecho que el gobierno mexicano cambie su postura, de una posición de inactividad deliberada a una de diálogo creciente con Washington. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) suministró un marco de referencia más maduro para el diálogo y los entendimientos en materia de inmigración. Aun cuando este diálogo contribuyó en mucho a intensificar los intercambios de información, a dar carácter institucional a la protección consular y aumentar su eficacia, y a ampliar ciertas formas de cooperación fronteriza, no impidió el despliegue agresivo de operaciones de la Patrulla Fronteriza a lo largo de la frontera común y la adopción en 1996 de la restrictiva ley conocida como Ley sobre la Reforma de la Inmigración Ilegal y la Responsabilidad de los Inmigrantes (Illegal Immigration Reform and Immigrant Responsibility Act, o IIRIRA, por sus siglas en inglés). Dicha legislación, junto con la Propuesta 187 en California, convenció a muchos mexicanos residentes en los Estados Unidos que deberían procurar la ciudadanía en ese país para protegerse contra la restricción de muchos de sus derechos sociales. La Ley IIRIRA tuvo otra consecuencia importante, también como reacción a ese ambiente restrictivo. Impulsó a México a permitir que sus ciudadanos conservaran una doble nacionalidad (o incluso múltiples nacionalidades), y probablemente hizo que el país estuviera resuelto a proteger con más firmeza y de manera más sistemática a sus ciudadanos en el exterior.
No obstante, estas medidas, al igual que otros cambios en la política estadounidense desde 1964, tuvieron importantes consecuencias imprevistas. Una de las más significativas ha sido la tendencia más acentuada de los migrantes a asentarse permanentemente. Otra ha sido el número muy elevado de muertos a lo largo de la frontera (casi 400 por año en los últimos años), a medida que los migrantes se exponen a riesgos cada vez mayores en su travesía a los Estados Unidos. Éste se ha convertido en un punto de tensión delicado en una relación por lo demás especial entre las dos naciones.
Por lo tanto, existían incentivos a ambos lados de la frontera para emprender negociaciones serias en el campo de la migración. Como lo declara el Grupo Binacional Estados Unidos-México sobre Migración, mediante negociaciones serias "ambos gobiernos podrían pasar de la aplicación de prioridades unilaterales discutibles (con resultados muy cuestionados) a la puesta en ejecución de los términos de un acuerdo...".
El debate político en México: de consenso tácito a recriminaciones
Internamente, la polémica que predomina en México sigue girando en torno a las respuestas oficiales más idóneas para hacer frente a las políticas y medidas de los Estados Unidos en el ámbito de la migración mexicana. Antes del 11 de septiembre de 2001, incluso la oposición al gobierno del presidente Fox subscribía tácitamente a que se negociara con los Estados Unidos. No obstante, en ciertos círculos políticos se abrigan todavía algunas dudas sobre la conveniencia de algunas de las concesiones mutuas latentes que ello entraña, tales como el control más estricto de la frontera sur de México. Aun así, como cuestión de principio, la mayoría (si no la totalidad) de los funcionarios públicos, los congresistas en representación del partido de gobierno y los de oposición, los expertos y los dirigentes de organizaciones no gubernamentales interesadas en cuestiones de migración están a favor de liberalizar el movimiento de trabajadores.
A raíz de los atentados del 11 de septiembre, la actitud frente a las negociaciones con los Estados Unidos ha cambiado, favoreciendo un nuevo consenso amplio, que abarca todo el espectro político. Se trata de un consenso en pro de normalizar y regularizar la migración a los Estados Unidos, a cambio de una legalización de gran alcance de los mexicanos que allí trabajan. En esta atmósfera política, se ha criticado al gobierno del presidente Fox por lo que se ha percibido en muchos círculos como la imposibilidad de obtener beneficio alguno de su estrecha relación con los Estados Unidos. Se acusa al gobierno de ceder a presiones estadounidenses al cooperar abiertamente con los Estados Unidos en la campaña antiterrorista de ese país mediante un control más estricto de la frontera, una mayor presencia de las agencias de inteligencia de los Estados Unidos y un mayor intercambio de información de las solicitudes de visa. Los medios de comunicación, por su parte, han interpretado los Acuerdos de "Frontera Inteligente" (Smart Border) firmados por el gobierno de Fox en marzo de 2002 como una serie de concesiones gratuitas a los Estados Unidos. A pesar de tales costos, el gobierno del actual presidente y la mayoría de los legisladores mexicanos siguen empeñados en negociar con los Estados Unidos. Al mismo tiempo, algunos representantes, mayormente de partidos de oposición, han elevado demandas (muy poco realistas en ciertos casos) de que los Estados Unidos den cabida a un cuantioso volumen de migrantes mexicanos.
Cambios y inmigración
La tarea más urgente que confronta el gobierno de México consiste en volver a involucrar a los Estados Unidos en negociaciones serias con los Estados Unidos sobre el tema migratorio. Para el gobierno del presidente Fox, estas negociaciones se han convertido en un asunto crucial no sólo en materia de política exterior, sino en el ámbito interno. Para tener éxito, es preciso que su gobierno entregue resultados en este campo si desea conseguir amplio apoyo político para los arreglos y convenios cooperativos bilaterales (o trilaterales) en el área de la seguridad que busca de manera tan acuciante el gobierno del presidente Bush.
Milita a favor de una resolución concienzuda de estas cuestiones es la conclusión de que no es probable que al aplicar más severamente las leyes de inmigración se modifiquen las realidades socioeconómicas que contribuyen a una presión migratoria. Por otra parte, la aplicación de esas leyes tampoco es capaz de contrarrestar el ímpetu migratorio alimentado inexorablemente por las redes sociales que dominan en el sistema de migración de México a los Estados Unidos. Los repetidos intentos por atravesar la frontera a cualquier precio y el incremento del patrullaje y la fortificación podrían alterar el delicado equilibrio entre los dos países, haciendo que la cuestión migratoria se yerga nuevamente como obstáculo a la mejora y profundización de la relación bilateral. Dicho viraje sería presagio de un retorno a las relaciones del pasado, caracterizadas fundamentalmente por recriminaciones mutuas. Una regresión de este tipo fue palpable en las declaraciones de la reciente reunión interparlamentaria México-Estados Unidos realizada en mayo de 2002.
Éste podría no ser un momento propicio para un flujo más libre de mano de obra a los Estados Unidos por medio de un programa de trabajadores huéspedes, o para la regularización de una numerosa población mexicana no autorizada que vive y trabaja en los Estados Unidos. Mientras tanto, los dos gobiernos podrían intentar poner en aplicación con seriedad la iniciativa "sociedad para la prosperidad" lanzada en Guanajuato en 2001 y suscrita en Monterrey en marzo de 2002. Sin embargo, parece improbable que el principal empeño de dicha iniciativa—promover los lazos económicos transfronterizos mediante mayores incentivos para la inversión privada extranjera y nacional en las zonas marginales de México—logre elevar los niveles de vida de los mexicanos en forma apreciable, reduciendo con ello las presiones migratorias.
Será necesario un cambio considerable en la manera de pensar, para resolver con cordura las contradicciones de políticas migratorias guiadas en buena parte por consideraciones proteccionistas, en un mundo caracterizado por una globalización cada vez mayor. El desafío consistirá en entender claramente la naturaleza perdurable de las fuerzas económicas, sociales y de comunicaciones que entran en juego, incluso cuando se enfoca el proceso entero a través de la lente de la seguridad. Estas fuerzas continuarán generando intensas presiones migratorias entre economías interdependientes. Además, la integración regional cada vez más profunda seguirá planteando preocupaciones en materia de seguridad nacional, preocupaciones que también será preciso resolver de manera constructiva.
En tanto no se sepa si la economía mexicana entrará en un proceso de recuperación firme y sostenida (y cuándo), será difícil pronosticar el curso de la inmigración mexicana a los Estados Unidos y de sus consecuencias. Por desgracia, no parece vislumbrarse dicha recuperación. Inevitablemente, otro de los asuntos más apremiantes para el futuro es el manejo de migrantes que utilizan el territorio mexicano como tránsito al norte. El número creciente de detenciones de extranjeros parece indicar que están dando algún resultado positivo los esfuerzos por profesionalizar el sistema de inmigración del gobierno. No obstante, la frontera sur sigue siendo un tanto porosa. No parece factible en el futuro inmediato ninguna medida radical tendiente a cambiar esta situación, debido a los costos políticos tan elevados que entraña. Ello es particularmente cierto en ausencia de un acuerdo regional sobre el tránsito y movimiento de personas, destinado a prevenir desórdenes y abusos indebidos, así como la acumulación de tensiones inmanejables.
El futuro
Mirando el futuro, desde una perspectiva de mediano a largo plazo, el hecho que la propuesta del presidente Bush salga a la luz casi 10 años después de la promulgación del TLCAN sin hacer ninguna referencia a éste, no augura nada bueno para llegar a algún acuerdo de largo alcance en el tema migratorio. El TLCAN no fue mencionado el 7 enero en Washington, DC; ni tampoco fue mencionado el 12 de enero en la ciudad de Monterrey, México durante la Cumbre de las Américas. Una década de experiencia desde que se promulgó el TLCAN demuestra que la liberalización del comercio y de los movimientos de capital por sí solos no pondrá necesariamente a las dos naciones en el camino de la convergencia económica, en el tan mencionado sendero de la “sociedad para la prosperidad” utilizando la actual jerga política. Pero dicho sendero es necesario si el objetivo final es debilitar las presiones migratorias hacia los Estados Unidos.
En la actualidad, no hay propuestas relevantes para renovar, reformar o profundizar el marco del TLCAN en lo que respecta a políticas activas de mercados de trabajo, infraestructura, mejoramiento del capital humano, reducción de las asimetrías regionales y metas de cohesión social, entre otras esferas de la acción política. La propuesta del presidente Bush no toca en absoluto ninguno de estos temas. La propuesta reitera recetas vagas e inciertas en relación al avance del libre comercio, la lucha contra la corrupción y la necesidad de reformas que conduzcan a la prosperidad.
Los actuales dilemas que enfrentan México y los Estados Unidos, con relación al tema migratorio, son los mismos de siempre. O los dos países aceptan la realidad que los mexicanos entren a los Estados Unidos—temporal o permanentemente—y abren el camino para movimientos ordenados; o ambos países se comprometen de manera enérgica y conjunta para alcanzar una verdadera "sociedad para la prosperidad" dentro del marco de una integración multifacética.
Fuentes
Commission on Immigration Reform y Secretaría de Relaciones Exteriores. 1997. "Estudio Binacional sobre Migración entre México y los Estados Unidos" México.
Consejo Nacional de Población. 2001. "La población de México en el nuevo siglo". México: Consejo Nacional de Población.
Consejo Nacional de Población. Varios años. "La situación demográfica de México". México: Consejo Nacional de Población.
Cornelius, Wayne A. 2001. Death at the border: Unintended consequences of US immigration control policy, Population and Development Review, Volumen 27, No. 4, diciembre, págs. 661 a 685.
Instituto Nacional de Migración. Varias ediciones. "Estadísticas Migratorias", México: Secretaría de Gobernación.
Jordan, Mary. 2002. Mexicans Caught at Border in Falling Numbers. Washington Post, mayo 24, p. A27.
Tuirán, Rodolfo (coord.). 2000. "Migración México-Estados Unidos. Presente y futuro". México: Consejo Nacional de Población.
Tuirán, Rodolfo (coord.). 2000. "Migración México-Estados Unidos. Opciones de política". México: Consejo Nacional de Población.
US-Mexico Migration Panel (The). 2001. "Migración México-Estados Unidos: una responsabilidad compartida". Washington, DC: Carnegie Endowment for International Peace/Instituto Tecnológico Autónomo de México.
Alba, Francisco. 2003. "Del diálogo de Zedillo y Clinton al entendimiento de Fox y Bush sobre migración", in Bernardo Mabire (ed.) México-Estados Unidos-Canadá, 1999-2000, México, El Colegio de México, pp. 109-164.
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